Al Silencio de aquella que permite soñar En la cama que me prepararon había: un animal sanguinolento y maltrecho del tamaño de un bollo, un caño de plomo, una ráfaga de viento, un molusco helado, un cartucho sin pólvora dos dedos de un guante, una mancha de aceite; no había una puerta de prisión, pero sí el sabor de la amargura, un diamante de vidriero, un pelo, un día, una silla rota, un gusano de seda, el objeto robado, una presilla de sobretodo, una mosca verde domesticada, una rama de coral, un clavo de zapatero, una rueda de ómnibus. Ofrecer un vaso de agua al paso de un caballero que se lanza a rienda suelta en un hipódromo invadido por la multitud supone, de una y otra parte, una falta absoluta de habilidad; Artina traía a los espíritus que visitaba esa aridez monumental. El impaciente se daba perfecta cuenta de la clase de sueños que en adelante frecuentarían su cerebro, sobre todo en el dominio del amor cuya actividad voraz se manifestaba de ordinari...