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Mostrando las entradas etiquetadas como Escritores de Argentina

Convalecencia, Juan Carlos Onetti | Cuento

  Convalecencia, de Juan Carlos Onetti  Casi en el mediodía, el hombre me rociaba de arena, empujando con el pie desnudo. Me volvía, medio dormida, desperezándome a la sombra de la cara inclinada y sonriente. El hombre cambiaba o alteraba un poco, con frecuencia, sus mallas de baño. Pero la aguda cara permanecía igual e incomprensible, sonriéndome. La cara recordaba con intensidad a un animal conocido. Y, al mismo tiempo, siguiendo sin esfuerzo las líneas del rostro había allí una expresión de inteligencia humana y maliciosa. Solo a fines de abril, lejos, en un otoño destemplado, pude comprender cuán semejante era la cara a la de un fauno pequeño y jovial. Extendida en la hondonada llena de hierbas, no podía divisar los extremos del hotel y las rocas. La playa se reducía a un triángulo cuyas puntas se clavaban con firmeza en el horizonte. Una mañana el mar era azul, grave, alzando repentinas olas contra la arena. Las tres muchachas iban paseando por la orilla, despacio. Solo m...

Acuérdate de Azerbaijan, Roberto Arlt

  Acuérdate de Azerbaijan Los dos mahometanos se detuvieron para dejar paso a la procesión budista. Con un paraguas abierto sobre su cabeza delante de un palanquín dorado, marchaba un devoto. Atrás, oscilante, avanzaba el cortejo de elefantes superando con sus budas dorados cargados en el lomo, la verde copa de las palmeras. El socio de Azerbaijan, el prudente Mahomet, dijo, mirando a un gendarme tamil detenido frente a una dama de Colombo, cuyo cochecito de bambú arrastraba un criado descalzo. -Que el Profeta confunda el entendimiento de estos infieles. -Para ellos el eterno pavimento de brasas del infierno -murmuró Azerbaijan con disgusto, pues una multitud de túnicas amarillentas llenaba la calle de tierra. Esta multitud mostraba la cabeza afeitada y casi todos se refrescaban moviendo grandes abanicos de redondez dentada. Azerbaijan con ojos de entendido, observaba los tipos humanos y descubría que en aquel rincón de Ceilán estaban representadas muchas de las razas del sur de la...

Cuentos de Roberto Arlt | Biblioteca Universal de Cuento

  Cuentos de Roberto Arlt  Accidentado paseo a Moka Acuérdate de Azerbaijan   Del que no se casa  Ejercicio de artillería  El cazador de orquídeas  El gato cocido  El hombre del turbante verde  El jorobadito  El traje del fantasma  Escritor fracasado   Extraordinaria historia de dos tuertos  Halid Majid el achicharrado   Historia del señor Jefries y Nassin el Egipcio  La aventura de Baba en Dimisch esh Sham   La cadena del ancla  La doble trampa mortal  La factoría de Farjalla Bill Alí  La luna roja  La ola de perfume verde  La pista de los dientes de oro  Las fieras  Los bandidos de Uad Djuari   Los cazadores de marfil  Los hombres fieras  Noche terrible  Odio desde la otra vida  Pequeños propietarios  Rahutia la bailarina  Un error judicial  Una tarde de domingo  Ven, mi ama Zobeida quiere hablarte  Cuento ...

Accidentado paseo a Moka, Roberto Artl

  Accidentado paseo a Moka, de Roberto Artl  Cuando el “Caballo Verde” salió del puerto de Santa Isabel, el noble anciano, apoyado de codos en la pasarela del paquete, cargado de negros hediondos y pirámides de bananas, me dijo al mismo tiempo que miraba entristecido cómo la isla de Fernando Poo empequeñecía a la distancia: -¡Cómo ha cambiado todo esto! ¡Cuánto! Y de qué modo! Clavé los ojos en el rostro del noble anciano, que en su juventud había sido un conspicuo bandido, y moví también la cabeza, como si participara de sus sentimientos. El viejo continuó: -Fue allá por el año 80. Entonces no existía el puerto que usted ha visto ni la catedral con sus dos torres de cemento, ni el hospital, ni la Escuela de Artes e Industrias, ni alumbrado eléctrico en la calle de Sacramento, ni negros en bicicleta. No. Nada de eso existía. Fijé la mirada en el lomo de una ballena que se sumergía y luego lanzaba un surtidor de agua al espacio, pero el viejo bandido no vio a la ballena. Su mir...

Cuentos de Julio Cortázar

 Cuentos de Julio Cortázar  Lista en orden alfabético de los cuentos de Julio Cortázar publicados en Letras de acá y de allá: Alguien que anda por ahí  Almuerzos   Instrucciones para subir una escalera   Más Cuento    |    Poesía     |    Letras de canciones    |    Inicio  

Almuerzos, cuento de Julio Cortázar

  Almuerzos Julio Cortázar En el restaurante de los cronopios pasan estas cosas, a saber, que un fama pide con gran concentración un bife con papas fritas, y se queda deunapieza cuando el cronopio camarero le pregunta cuántas papas fritas quiere. —¿Cómo cuántas? —vocifera el fama—. ¡Usted me trae papas fritas y se acabó, qué joder! —Es que aquí las servimos de a siete, treinta y dos, o noventa y ocho —explica el cronopio. El fama medita un momento, y el resultado de su meditación consiste en decirle al cronopio: —Vea, mi amigo, váyase al carajo. Para inmensa sorpresa del fama, el cronopio obedece instantáneamente, es decir que desaparece como si se lo hubiera bebido el viento. Por supuesto el fama no llegará a saber jamás dónde queda el tal carajo, y el cronopio probablemente tampoco, pero en todo caso el almuerzo dista de ser un éxito. Julio Cortázar Papeles inesperados , 2009 Más cuentos de Julio Cortázar   |   Cuento    |   Poesía    ...

Alguien que anda por ahí, cuento de Julio Cortázar

Julio Cortázar Alguien que anda por ahí A Esperanza Machado, pianista cubana. A Jiménez lo habían desembarcado apenas caída la noche y aceptando todos los riesgos de que la caleta estuviera tan cerca del puerto. Se valieron de la lancha eléctrica, claro, capaz de resbalar silenciosa como una raya y perderse de nuevo en la distancia mientras Jiménez se quedaba un momento entre los matorrales esperando que se le habituaran los ojos, que cada sentido volviera a ajustarse al aire caliente y a los rumores de tierra adentro. Dos días atrás había sido la peste del asfalto caliente y las frituras ciudadanas, el desinfectante apenas disimulado en el lobby del Atlantic, los parches casi patéticos del bourbon con que todos ellos buscaban tapar el recuerdo del ron; ahora, aunque crispado y en guardia y apenas permitiéndose pensar, lo invadía el olor de Oriente, la sola inconfundible llamada del ave nocturna que quizás le daba la bienvenida, mejor pensarlo así como un conjuro. Al principio a York l...

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