Poemas de Francisco de Quevedo A Aminta, que imite al sol al dejarle consuelo cuando se ausenta Adán en paraíso, vos en huerto ¡Ah de la vida! A Flori, que tenía unos claveles entre el cabello rubio A Lísida, pidiéndole unas flores que tenía en la mano A todas partes que me vuelvo veo A una nariz Amor eterno más allá de la muerte Amor impreso en el alma Bastábale al clavel verse vencido Contraposiciones y tormentos de su amor Compara el discurso de su amor con el de un arroyo Comunicación de amor invisible por los ojos Definiendo el amor Dice que el sol templa la nieve En vano busca la tranquilidad en el amor Fluctuando en los cabellos de Lisi Fue sueño ayer, mañana será tierra Las gracias de la que adora Qué imagen de la muerte rigurosa Quejarse en las penas de amor debe ser permitido y no profana el secreto Rendimiento del aman...
Convalecencia, de Juan Carlos Onetti Casi en el mediodía, el hombre me rociaba de arena, empujando con el pie desnudo. Me volvía, medio dormida, desperezándome a la sombra de la cara inclinada y sonriente. El hombre cambiaba o alteraba un poco, con frecuencia, sus mallas de baño. Pero la aguda cara permanecía igual e incomprensible, sonriéndome. La cara recordaba con intensidad a un animal conocido. Y, al mismo tiempo, siguiendo sin esfuerzo las líneas del rostro había allí una expresión de inteligencia humana y maliciosa. Solo a fines de abril, lejos, en un otoño destemplado, pude comprender cuán semejante era la cara a la de un fauno pequeño y jovial. Extendida en la hondonada llena de hierbas, no podía divisar los extremos del hotel y las rocas. La playa se reducía a un triángulo cuyas puntas se clavaban con firmeza en el horizonte. Una mañana el mar era azul, grave, alzando repentinas olas contra la arena. Las tres muchachas iban paseando por la orilla, despacio. Solo m...