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La jirafa, Juan José Arreola | Cuento

Juan José Arreola La jirafa Al darse cuenta de que había puesto demasiado altos los frutos de un árbol predilecto, Dios no tuvo más remedio que alargar el cuello de la jirafa. Cuadrúpedos de cabeza volátil, las jirafas quisieron ir por encima de su realidad corporal y entraron resueltamente al reino de las desproporciones. Hubo que resolver para ellas algunos problemas biológicos que más parecen de ingeniería y de mecánica: un circuito nervioso de doce metros de largo; una sangre que se eleva contra la ley de la gravedad mediante un corazón que funciona como bomba de pozo profundo; y todavía, a estas alturas, una lengua eyéctil que va más arriba, sobrepasando con veinte centímetros el alcance de los belfos para roer los pimpollos como una lima de acero. Con todos sus derroches de técnica, que complican extraordinariamente su galope y sus amores, la jirafa representa mejor que nadie los devaneos del espíritu: busca en las alturas lo que otros encuentran al ras del suelo. Pero como final...

El cerdito, Juan Carlos Onetti | Cuento

  EL CERDITO (Cuento) Juan Carlos Onetti (Uruguay, 1909-1994) La señora estaba siempre vestida de negro y arrastraba sonriente el reumatismo del dormitorio a la sala. Otras habitaciones no había; pero sí una ventana que daba a un pequeño jardín pardusco. Miró el reloj que le colgaba del pecho y pensó que faltaba más de una hora para que llegaran los niños. No eran suyos. A veces dos, a veces tres que llegaban desde las casas en ruinas, más allá de la placita, atravesando el puente de madera sobre la zanja seca ahora, enfurecida de agua en los temporales de invierno.  Aunque los niños empezaran a ir a la escuela, siempre lograban escapar de sus casas o de las aulas a la hora de pereza y calma de la siesta. Todos, los dos o tres; eran sucios, hambrientos y físicamente muy distintos. Pero la anciana siempre lograba reconocer en ellos algún rasgo del nieto perdido; a veces a Juan le correspondían los ojos o la franqueza de ojos y sonrisa; otras, ella los descubría en Emilio o Guid...

Yo me celebro y me canto, Walt Whitman

Walt Whitman   De _Canto a mí mismo_ I Yo me celebro y me canto, Y lo que asumo, tú lo asumirás, Porque cada átomo de mi cuerpo que me pertenece, también te pertenece. Ocioso invito a mi alma. Ocioso me tiendo a observar un tallo de hierba de verano, Mi lengua, cada átomo de mi sangre, formado de esta tierra, de este aire, Nacido aquí, de padres nacidos aquí, al igual que sus padres, y los padres de sus padres, Ahora, a los treinta y siete años en salud perfecta, me inicio, Y espero no cesar hasta la muerte. Me alejo de los credos y de las escuelas en inercia, Me alejo un momento, satisfecho de lo que son, pero nunca las olvido, Me erijo como puerto del bien y del mal, dejo que hablen sin riesgos, Naturaleza sin freno, con energía original. Walt Whitman Puedes seguir leyendo Canto a mí mismo: I II III IV V VI VII VIII IX X XI XII XIII XIV XV XVI XVII XVIII XIX XX

Breve viaje nocturno, Gastón Baquero

  Gastón Baquero Breve viaje nocturno Gastón Baquero Mi madre no sabe que por la noche, cuando ella mira mi cuerpo dormido y sonríe feliz sintiéndome a su lado, mi alma sale de mí, se va de viaje guiada por elefantes blanquirrojos, y toda la tierra queda abandonada, y ya no pertenezco a la prisión del mundo, pues llego hasta la luna, desciendo en sus verdes ríos y en sus bosques de oro, y pastoreo rebaños de tiernos elefantes, y cabalgo los dóciles leopardos de la luna, y me divierto en el teatro de los astros contemplando a Júpiter danzar, reír a Hyleo. Y mi madre no sabe que al otro día, cuando toca en mi hombro y dulcemente llama, yo no vengo del sueño: yo he regresado pocos instantes antes, después de haber sido el más feliz de los niños, y el viajero que despaciosamente entra y sale del cielo, cuando la madre llama y obedece el alma. Gastón Baquero .

A don Luis de Góngora Vicente Aleixandre

Vicente Aleixandre A don Luis de Góngora Vicente Aleixandre ¿Qué firme arquitectura se levanta del paisaje, si urgente de belleza, ordenada, y penetra en la certeza del aire, sin furor y la suplanta? Las líneas graves van. Mas de su planta brota la curva, comba su justeza en la cima, y respeta la corteza intacta, cárcel para pompa tanta. El alto cielo luces meditadas reparte en ritmos de ponientes cultos, que sumos logran su mandato recto. Sus matices sin iris las moradas del aire rinden al vibrar, ocultos, y el acorde total clama perfecto. Vicente Aleixandre

El altillo, Mario Benedetti - Cuento Latinoamericano

Mario Benedetti El altillo  Mario Benedetti Está allá arriba. Lo veo desde aquí. Siempre quise un altillo. Cuando tenía nueve años, cuando tenía doce. Lo veo desde aquí y es bueno saber que existe. Tiene la luz encendida. Es una bombilla de cien bujías, pero desde el patio la veo apenas como un resplandor. Siempre quise un altillo, para escaparme. ¿De quién? Nunca lo supe. Francamente, yo quisiera saber si todos están seguros de quién escapan. Nadie lo sabe. Puede ser que lo sepa un ratón, pero yo creo que un ratón no es lo que el doctor llama un fugitivo típico. Yo sí lo soy. Quise un altillo como el de Ignacio, por ejemplo. Ignacio tenía allí libros, almanaques, mapas, postales, álbumes de estampillas. Ignacio pasaba directamente del altillo a la azotea, y desde allí podía dominar todas las azoteas vecinas, con claraboyas o sin ellas, con piletas de lavar ropa o macetas en los pretiles. En ese momento ya no tenía ojos de fuga sino de dominador. Dominar las azoteas es aproximadam...

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